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Esa
mañana podría haber sido cualquier otra en el pueblo menos por el hecho de que regresaba junto con su hermano de
enterrar el cadáver de su madre que se encontraba en el monte a unos 4 kilómetros de casa.
Ya sabían como
deberían actuar y que tendrían que hacer tras la muerte de su madre. Los dos
intuían el cómo aunque conocían a ciencia cierta el por qué su madre no seguía
con vida. Fermín, un vecino del pueblo, mientras atravesaba un camino que daba
al río en dirección al siguiente pueblo, encontró un cuerpo desnutrido, con la
pierna derecha ensangrentada y aún no frecuentado por los jabalíes y zorros de
la zona.
Pasados unos
segundos y tras necesitar girarle el rostro para darse de bruces con la cara de
Eulalia corrió hasta la casa de ésta.
Allí encontró a Ernesto y a Julián.
Un
golpe fuerte machacó reiteradas veces la puerta de la casa. Ambos se levantaron
de la mesa donde estaban comiendo y fueron corriendo hasta el rellano. Ernesto,
el mayor de los dos, cogió el manillar con
fuerza y abrió la puerta esperando encontrar lo que ambos habían estado
esperando muchos años. Antes que ninguno, Ernesto preguntó ¿dónde está?, a lo
que Fermín contestó con la poca fuerza que aún atesoraba en su cuerpo después
de haber corrido durante kilómetros: en el río.
Julián,
apresudaramente y sin mediar palabra cogió su chaqueta que estaba colgada en la
entrada y salió decidido a buscar a su madre con la mirada fija en el
horizonte. Apenas antes de que diera unos pasos, Ernesto le sujetó tan fuerte
del brazo que le empezó a temblar el pulso y mirándole fijamente a los ojos le dijo que fuera a buscar a Luis y que se
encontraran en el río. No opuso resistencia y asintió con la cabeza mientras la
giraba para ocultar las lágrimas que tarde o temprano empezarían a manar de su
rostro.
Mientras
Julián retrocedía en su camino y se aproximaba a la puerta en dirección al
baño, Ernesto pidió a Fermín discreción y cautela en su conducta mientras le
pasaba fugaz y suavemente la mano por la espalda a su hermano. A los pocos
minutos, Julián volvió a reunirse con los dos en la puerta, esta vez cargado
además de varias mantas.
En
el camino al río Ernesto recordó el beso que esa misma mañana le había dado en
la frente a él y a su hermano y el intenso olor a comida que, como todos los
miércoles, desprendía la ropa de su madre. También pensó en la desgraciada vida
que había tenido Fermín desde que terminó la guerra y las pocas veces que
habían intercambiado alguna palabra desde entonces. Intentó hacer memoria pero solamente
le retumbaba en la cabeza la cara de Fermín tras conocer lo que les ocurrió a
sus padres y hermanos durante el tiempo que él permaneció fuera del pueblo.
Lamentó que fuera precisamente Fermín el que hubo de encontrar el cuerpo de su
madre ya que él aún desconocía donde podía estar enterrada su familia.
Cuando
llegó al río divisó el carro del padre de Luis y detrás las cabezas de su
hermano y del propio Luis. Dejó de correr y mientras caminaba pausadamente
agotado del camino, y ya a unos pocos metros, presenció como ambos cargaban
enrollado por mantas grises el cuerpo de su madre. Empezó a no gobernar su
cuerpo y su mente se quedó bloqueada, en blanco. Sus piernas se quedaron
ancladas en la tierra, los brazos multiplicaron su peso por diez y percibió
como el corazón se despreocupaba de latir mientras sintió un fuerte latigazo en
el pecho. Sus sentidos se desvanecieron y sólo sus ojos le permitían mantener
contacto con la realidad.
No pudo reaccionar
hasta que su hermano le cubrió con una manta. Su cuerpo empezó a entrar en
calor y con él sus sentidos. En un primer momento cuando se acercó su hermano
no podía oírle y no fue hasta después de pasado un rato cuando Ernesto pudo
retomar la voz y contestarle a Julián que estaba bien y que no sabia lo que le
había pasado. Julián le tranquilizó y ambos se aproximaron donde se encontraba
Luis y su madre.
Ya
los cuatro juntos, Ernesto intentó acercarse a ver el cuerpo de su madre pero
inmediatamente dio un paso atrás. Luis se acercó y rodeándole con los brazos
por el torso, con las cabezas totalmente alineadas y a dos palmos le dijo:
Tranquilo Ernesto, tranquilo, que aún tienes tiempo.
Las
palabras de Luis le hicieron agachar la cabeza y acto seguido abrazarle
también. Cuando Ernesto se hubo recuperado del todo ambos hermanos se montaron
en el carro y dejaron a Luis en el río.
Era
la primera vez en el que se encontraban los tres solos ese día y ambos lo
descubrieron cuando les pudo el dolor y les embargó la tristeza. Ninguno de los
dos pudo emitir un sonido o decir una palabra. Estaban extremadamente
concentrados en despedirse de su madre hablando en silencio, desde dentro, para
que nadie les oyera. Era como si necesitarán que ese momento fuera exclusivo,
íntimo.
Todo fui muy rápido, tal y como lo habían planeado. Fueron hasta una explanada a las afueras
del pueblo para enterrarla allí. Ayudados por unas palas y después de horas,
pudieron cavar una zanja lo suficientemente amplia como para depositar el
cuerpo.
Después regresaron
al río. Tanto Ernesto como Julián se mostraron sorprendidos por la presencia de
dos personas más junto a la figura que intuían que era la de Luis, ya que era
de madrugada y nadie frecuentaba esa zona del pueblo a esas horas.
Cautelosos se
bajaron del carro y se fueron aproximando con paso lento hacia las tres figuras
mientras discutían en voz baja si seguían caminando, ya que ahí solamente
debería de estar escondido Luis esperando.
En
medio del desconcierto Julián decidió gritar con voz fuerte y segura, ¿quién va?
Una
de las figuras dio un paso adelante y exclamó: Luis Sarasola, compañeros.
Se hizo un breve
silencio y ambos hermanos aceleraron el paso hasta llegar a ellos. Con las
piernas temblorosas y las manos aún doloridas después de abrir y cerrar la
zanja apenas unas horas antes, encontraron a los padres de Luis con los brazos
abiertos, los ojos llorosos y la voz entrecortada. Mientras se abrazaban, Luis
sacó un pañuelo que tenía en el bolsillo y empezó a limpiar las manos
ensangrentadas de sus compañeros. Su madre hizo lo propio con su delantal.
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