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El último adiós por Denis Thomas Maguire

Image Esa mañana podría haber sido cualquier otra en el pueblo menos por el hecho  de que regresaba junto con su hermano de enterrar el cadáver de su madre que se encontraba en el monte a unos 4 kilómetros de casa.

Ya sabían como deberían actuar y que tendrían que hacer tras la muerte de su madre. Los dos intuían el cómo aunque conocían a ciencia cierta el por qué su madre no seguía con vida. Fermín, un vecino del pueblo, mientras atravesaba un camino que daba al río en dirección al siguiente pueblo, encontró un cuerpo desnutrido, con la pierna derecha ensangrentada y aún no frecuentado por los jabalíes y zorros de la zona.

Pasados unos segundos y tras necesitar girarle el rostro para darse de bruces con la cara de Eulalia corrió hasta  la casa de ésta. Allí encontró a Ernesto y a Julián.

Un golpe fuerte machacó reiteradas veces la puerta de la casa. Ambos se levantaron de la mesa donde estaban comiendo y fueron corriendo hasta el rellano. Ernesto, el mayor de los dos, cogió el manillar con fuerza y abrió la puerta esperando encontrar lo que ambos habían estado esperando muchos años. Antes que ninguno, Ernesto preguntó ¿dónde está?, a lo que Fermín contestó con la poca fuerza que aún atesoraba en su cuerpo después de haber corrido durante kilómetros: en el río.

Julián, apresudaramente y sin mediar palabra cogió su chaqueta que estaba colgada en la entrada y salió decidido a buscar a su madre con la mirada fija en el horizonte. Apenas antes de que diera unos pasos, Ernesto le sujetó tan fuerte del brazo que le empezó a temblar el pulso y mirándole fijamente a los ojos le dijo que fuera a buscar a Luis y que se encontraran en el río. No opuso resistencia y asintió con la cabeza mientras la giraba para ocultar las lágrimas que tarde o temprano empezarían a manar de su rostro.

Mientras Julián retrocedía en su camino y se aproximaba a la puerta en dirección al baño, Ernesto pidió a Fermín discreción y cautela en su conducta mientras le pasaba fugaz y suavemente la mano por la espalda a su hermano. A los pocos minutos, Julián volvió a reunirse con los dos en la puerta, esta vez cargado además de varias mantas.

En el camino al río Ernesto recordó el beso que esa misma mañana le había dado en la frente a él y a su hermano y el intenso olor a comida que, como todos los miércoles, desprendía la ropa de su madre. También pensó en la desgraciada vida que había tenido Fermín desde que terminó la guerra y las pocas veces que habían intercambiado alguna palabra desde entonces. Intentó hacer memoria pero solamente le retumbaba en la cabeza la cara de Fermín tras conocer lo que les ocurrió a sus padres y hermanos durante el tiempo que él permaneció fuera del pueblo. Lamentó que fuera precisamente Fermín el que hubo de encontrar el cuerpo de su madre ya que él aún desconocía donde podía estar enterrada su familia.

Cuando llegó al río divisó el carro del padre de Luis y detrás las cabezas de su hermano y del propio Luis. Dejó de correr y mientras caminaba pausadamente agotado del camino, y ya a unos pocos metros, presenció como ambos cargaban enrollado por mantas grises el cuerpo de su madre. Empezó a no gobernar su cuerpo y su mente se quedó bloqueada, en blanco. Sus piernas se quedaron ancladas en la tierra, los brazos multiplicaron su peso por diez y percibió como el corazón se despreocupaba de latir mientras sintió un fuerte latigazo en el pecho. Sus sentidos se desvanecieron y sólo sus ojos le permitían mantener contacto con la realidad.

No pudo reaccionar hasta que su hermano le cubrió con una manta. Su cuerpo empezó a entrar en calor y con él sus sentidos. En un primer momento cuando se acercó su hermano no podía oírle y no fue hasta después de pasado un rato cuando Ernesto pudo retomar la voz y contestarle a Julián que estaba bien y que no sabia lo que le había pasado. Julián le tranquilizó y ambos se aproximaron donde se encontraba Luis y su madre.

Ya los cuatro juntos, Ernesto intentó acercarse a ver el cuerpo de su madre pero inmediatamente dio un paso atrás. Luis se acercó y rodeándole con los brazos por el torso, con las cabezas totalmente alineadas y a dos palmos le dijo: Tranquilo Ernesto, tranquilo, que aún tienes tiempo.

Las palabras de Luis le hicieron agachar la cabeza y acto seguido abrazarle también. Cuando Ernesto se hubo recuperado del todo ambos hermanos se montaron en el carro y dejaron a Luis en el río. 

Era la primera vez en el que se encontraban los tres solos ese día y ambos lo descubrieron cuando les pudo el dolor y les embargó la tristeza. Ninguno de los dos pudo emitir un sonido o decir una palabra. Estaban extremadamente concentrados en despedirse de su madre hablando en silencio, desde dentro, para que nadie les oyera. Era como si necesitarán que ese momento fuera exclusivo, íntimo.

Todo fui muy rápido, tal y como lo habían planeado. Fueron hasta una explanada a las afueras del pueblo para enterrarla allí. Ayudados por unas palas y después de horas, pudieron cavar una zanja lo suficientemente amplia como para depositar el cuerpo.

Después regresaron al río. Tanto Ernesto como Julián se mostraron sorprendidos por la presencia de dos personas más junto a la figura que intuían que era la de Luis, ya que era de madrugada y nadie frecuentaba esa zona del pueblo a esas horas.

Cautelosos se bajaron del carro y se fueron aproximando con paso lento hacia las tres figuras mientras discutían en voz baja si seguían caminando, ya que ahí solamente debería de estar escondido Luis esperando.

En medio del desconcierto Julián decidió gritar con voz fuerte y segura, ¿quién va?

Una de las figuras dio un paso adelante y exclamó: Luis Sarasola, compañeros.

Se hizo un breve silencio y ambos hermanos aceleraron el paso hasta llegar a ellos. Con las piernas temblorosas y las manos aún doloridas después de abrir y cerrar la zanja apenas unas horas antes, encontraron a los padres de Luis con los brazos abiertos, los ojos llorosos y la voz entrecortada. Mientras se abrazaban, Luis sacó un pañuelo que tenía en el bolsillo y empezó a limpiar las manos ensangrentadas de sus compañeros. Su madre hizo lo propio con su delantal.

 
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